| La
antigua residencia jesuítica, aunque espaciosa y cómoda
distaba mucho de ser lujosa. La casona debió adaptarse a
las costumbres de su nuevo dueño, el Virrey
Liniers quien la habitó en 1810.
En una carta a su amigo Francisco
Antonio Letamendi, Liniers
le refiere que ha ordenado derribar dos paredes para hacer una sala
y un comedor, y que aprovechará los materiales para construir
una cocina, puesto que los jesuitas no la habían construido,
"guisándose aún
en un galpón de paja".
Esta cocina nueva, con techo de tejuelas
y "fogón a la moderna",
fue construida en el sector sur del traspatio, anexada a la residencia.
Ambientada como típica cocina del
siglo XIX, era el lugar que
congregaba a la familia en torno al fogón. En él se
destacan los peroles de cobre,
trabajados a mano, algunos de ellos "agujereados
y remendados" como los que poseía la cocina jesuítica.
La mesa de algarrobo trabajada con azuela,
de sencilla manufactura está acompañada de rústicas
sillas esterilladas con tientos de cuero, que reflejan la primitiva
sencillez que tienen los objetos de uso cotidiano de los siglos
XVIII y XIX
en el interior de la provincia.
Bateas
(recipientes de madera para amasar
el pan), morteros de madera
(utilizados para moler maíz)
y utensilios de cobre complementan el sencillo equipamiento de la
cocina.
Los utensilios de cobre, bateas,
morteros y peroles ambientan la cocina del Virrey
en la que el fuego del fogón y el sonido del filtro
de agua, (ubicado en
la antecocina), generan un clima en el que el visitante
se transporta en el tiempo en una experiencia inolvidable. |